martes, julio 03, 2007

De los uñaquis y otras calamidaes posmodernas (una radiografía de las trasnacionales)

Descártese de antemano cualquier disquisición etimológica: el término uñaqui no procede de ninguna raíz. Algunas consideraciones respecto a los uñaquis. Todos los uñaquis son susceptibles de ser confundidos con personas. Todos los uñaquis poseen al menos uno de esos simulacros de ilustración comúnmente conocidos como títulos académicos. Se sienten muy orgullosos de sus atestados y siempre presumen de sus grados y posgrados. Todos los uñaquis saben conducir y aspiran viajar en un auto del año. Aunque sea uno del año antepasado. Usan anteojos de pasta. De vez en cuando emplean palabras coloquiales para desempolvarse un tanto el esnobismo. Los uñaquis funden su copa de vino con cualquier alcancía o con cualquier cura. A veces lloran y dan consejos de amor. También dan consejos financieros. Todos han leído a Benedetti (en Internet, cuando menos) e, incluso, muchos de ellos reventaron en hilaridad cuando supieron de los pitucos. Detestan las dictaduras y creen que existe un nuevo orden mundial. Todos los uñaquis creen que el ejercicio de la política ha cambiado sustancialmente con el uso de Internet. Es más: un uñaqui se inventó el mito del gobierno digital y aún nadie sabe cómo diablos funciona la democracia cibernética. Desprecian a Ricardo Arjona y cuando ningún intelectual los mira creen en Dios: algunos se persignan a escondidas y rezan azotándose con culpas. Expían sus pecados cuando llevan a la abuela de su novia al supermercado. Son cristianos no confesos. Todos los uñaquis sienten una ligera emoción con los mundiales de fútbol y, muy a pesar suyo, conocen dónde se encuentra el estadio Juan Gobán. Un número importante de uñaquis escucha Mal País y en el fondo se siente satisfecho con el gobierno de Óscar Arias: a pesar de que se declaren abiertamente disidentes. Todos los uñaquis aseguran que en Cuba se violan los Derechos Humanos. Les fascina que Latinoamérica se inyecte democracia en agujas de empréstitos. Los uñaquis declaran su tolerancia porque de vez en cuando la curiosidad los sorprende mirando los glúteos de su mejor amigo. Todos los uñaquis dicen haber comido sushi y dicen conocer el mejor sitio donde se prepara sushi aunque en realidad solo tengan paladar para una boca de La Venus o de Don Adán. Los uñaquis se sienten orgullosos de vivir en la era de la tecnología y uno que otro compra discos de jazz. Sus lecturas, cuando las hay verdaderamente, son variadas: Neruda salpicado con la bilis de Montaner. Todos los uñaquis creen que Jaques Sagot es un tipo inteligente y arrogante, cuando en realidad es un imbécil pretensioso que confunde a Barthes con Foucault. Los uñaquies presumen que en su historia oculta hay un episodio psicodélico donde siempre el “amigo perdido” compartió dulces bocanadas de marihuana con ellos. Los uñaquis pueden ser definidos, básicamente, como salpullidos del mundo. Si conoce algún uñaqui infiltrado, uno de esos que finge no ser uñaqui, póngale un chicle en el asiento, muerda sus zancajos, escriba un “duro de lavar” en el parabrisas de su auto casi nuevo, róbele a su novia (o novio), estornude en el hombro de su madre, hágale muecas a su hermana, escríbale un anónimo a su jefe, descargue un costal de pulgas en su jardín, en fin, tósale en la cara.
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